‒Y la infidelidad…
‒Así que además de desempleado es un monta cachos.
‒¡Mjú! ‒masculló ¡ ‒. Pero él se ha portado muy bien con nosotros, si estuviera aquí nos habría apoyado en todo lo que hemos dicho. Él también se las ha visto negras por esta moda de la mala escritura.
‒Pobre ‒dijo la señora ¿‒. Tan famoso que era el Acento hace unos años y tanto que lo buscaban en el mercado, tenía más contratos que nosotros dos juntos.
Ambos hicieron otra pausa, ¡ hacía un esfuerzo por darle vueltas al tema y continuar la conversación: ‒Y aún hay más ‒dijo‒, las comillas montaron una especie de burdel y ahora los hombres van y hacen con ellas los que les da la gana.
‒¡Qué horrible!
‒Ya ni saben para qué sirven ni dónde están paradas, por eso cayeron tan bajo.
La señora ¿ tomó un sorbo de café y sostuvo la taza a nivel de su regazo. ‒¿Y has sabido algo de Diéresis? ‒preguntó.
‒Pues tú sabes que Diéresis ha pelado bolas toda la vida, de todos los signos es la que menos trabajo agarraba. Pero ahora está más pobre que nunca, creo que está trabajando de secretaria en algún ministerio, vive en un cerro y escuché por ahí que vende estupefacientes los fines de semana.
‒¡Ay Dios mío! Agarró el camino de la perdición.
‒Diéresis siempre trabajó poco, la contrataban los más intelectuales, los que conocían su excepcional talento, supongo que un día se cansó de todo esto y creyó que le iría mejor como empleada pública mal pagada.
‒¿A dónde iremos a parar ¡? ¿Crees que desapareceremos ¡ ? ¿Si nadie nos recuerda, si nadie nos contrata, podríamos desvanecernos?
El señor ¡ guardó silencio, fumó lo que quedaba del cigarro y lo botó, mientras el humo se disipaba ante sus ojos vio a la señora ¿ en una extraña transformación… primero estaba así ¿ luego así ¿ y después ¿ y al final ya no había señora ¿. ¡ hizo un gesto con su mano en el aire para apartar los restos de dióxido de carbono y nicotina, encontró a la señora ¿ mirándolo con enfado.
‒¿¡Coño me vas a echar el humo en la cara!? –le gritó.
‒Disculpa ‒respondió él.
Ambos miraron a la calle.
‒¿Qué vamos a hacer ¡ ? –preguntó ella con angustia.
‒Irnos a España.
‒¿Estás loco?
‒¿Allá está la Real Academia, no? Tendríamos más oportunidades de ser contratados, allá debe haber más personas que se preocupen por hacer un uso correcto del lenguaje, ¡por la ortografía!
¿ luego de meditarlo por un momento dice con cierta resignación: ‒Tienes razón –se detuvo para beber lo que quedaba de café y preguntó‒: ¿Cuándo nos vamos?
‒Cuanto antes… No quiero que te desvanezcas ‒respondió ¡.
‒¿Ah?
‒Nada. Empaca tus cosas.
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