23/8/11

Brayan y el mango

     Se sentó en el único escalón de aquella casa de bahareque, mirando hacia la calle con un mango y una navaja en sus manos. Empezó a pelarlo muy lentamente, sin quitar la vista de aquella vía semi-pavimentada. Un viejo apenas capaz de arrastrar sus pies para desplazarse, era el único ocupante de la casa en esos momentos.

     ‒Eso no es cualquier vaina, ¿sabes? ‒dijo el viejo apoyándose en la entrada principal.
     ‒¡Yo sé coño! ‒gritó el muchacho sin voltearse.
  Pero en realidad él no sabía,  él sólo había seguido las recomendaciones de sus amigos.

   Él esperaba que algo les pasara, que de regreso un autobús los atropellara, que alguien los matara,  que todo hubiera sido un fracaso y volvieran desconsolados. En ese caso, en cualquiera de los casos, él correría hacia ellos con gesto devastador y una alegría, más bien, sosiego, sí, sosiego; “un fresquito” por dentro. Estaría con ellos por un rato, lloraría si podía y regresaría a casa, calmado, como si nada hubiera sucedido. Vería televisión, montaría bicicleta o jugaría bolas criollas. Pero, ¿y si todo salía bien? Entonces no sabría qué hacer, de hecho, negaba esa posibilidad para no pensar en ello.

   Seguía pelando aquel mango, sólo retiraba la concha, no procuraba comérselo o compartirlo con el viejo.

    ‒Uno con esas cosas tiene que ser cuidadoso. Y si toca, bueno, asumir el barranco, así uno esté jojoto ‒dijo el viejo.
    ‒Ah, verga, ni que fueras el “pai” mío, pa’ está aconsejándome ‒replicó él.

   Ambos callaron, el anciano se acercó un poco más al muchacho. Él seguía pelando el mango sin voltear, ahora intentaba quitar los pequeños restos de concha que seguían en la fruta.

    ‒¿Estás “cagao”? ‒preguntó el viejo en tono burlón.
    ‒No ‒contestó él seriamente.
    ‒¿Seguro?
    ‒¡A pues!
    ‒Llevas media hora pelando ese mango.
    ‒Y usted que me lo está velando ‒dijo él molesto.
   ‒Mira chico, yo te voy a contar de cuando eso me pasó a mí, claro, no estaba tan joven como tú, tenía como…
   ‒¡Deja la ladilla viejo de mierda! ‒gritó él‒. ¿No tienes algo que hacer?
    Hubo un silencio, el viejo bajó la voz y mientras se adentraba en la casa nuevamente, murmuró:
    ‒Esperar, como tú.

    Él pensó en golpear al viejo, en darle un puñetazo si le volvía a decir algo. «Yo no tengo la culpa», se decía, «qué va a saber uno».  Pensó en escapar, en huir como hacen los demás, pero se dio cuenta de que no tenía a dónde ir, de que aquel lugar era un pueblo muy pequeño como para ocultarse. Se percató de que se habían tardado demasiado, creyó que estarían muertos (esperaba que estuviesen muertos).

  Ahora veía el mango, totalmente pelado, pensaba que si seguía cortándolo llegaría a la pepa y perdería toda la fruta, así que decidió picar un trozo y comérselo. Lo hizo muy lentamente, apenas hubo tragado, vio a tres personas caminar por aquella vía semi-pavimentada; eran ellos.

   Venían del hospital, cargaban un bojote entre manos y lo veían con regocijo, el viejo salió a recibirlos, él se quedó petrificado, no hallaba que hacer, pero no había escapatoria. No supo en que momento la joven madre se acercó a él con el bebé y le hizo cargarle.

    Ahora, con el niño en brazos, sonrió. Pensó que no estaría tan mal, que quizá él pudiera conducir un autobús en la ciudad para poder alimentarlo, que tal vez pudieran vivir en la casa de sus padres. Y pensó que su hijo sería su orgullo, sería una estrella del deporte o de la televisión, sería famoso...  En ese momento lo supo; se llamaría Brayan. 

2 comentarios:

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  2. Tu confiarías en un abogado que se llame Magic Jhonson?, porque yo no, y no es que tenga problemas legales, solo pregunto

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