11/8/11

Yolanda, la reina de la parranda


    Yolanda no se puso sus pantaletas agujereadas, esta vez sólo buscó el mejor sostén y abrió la puerta del baño. Se puso un vestido “estraple” amarillo de lentejuelas, se engominó los rulos negros que tenía por cabello y se colocó una de esas sandalias plateadas que exaltaban su tono oscuro de piel y sus uñas vinotinto con florecitas recién pegadas. Empezó a maquillarse, se colocó un labial marrón, delineó sus ojos y echó mucho polvo blanco sobre su cara, que ahora tenía un color distinto al del resto de su cuerpo, por último, se puso una sombra azul sobre sus párpados en un radio que bordeaba las cejas y la nariz de su rostro, sombra que ella creía: “exaltaba sus ojos color café”. Luego se encajó unos pendientes dorados que no hacían juego con su ropa. Se miró un par de veces en el espejo, se arregló el cabello, guiñó y tiró besos, hasta que sintió que estaba lista. Dio dos pasos y recordó que había olvidado la cartera, tomó una de lentejuelas que, junto al vestido, la hacían ver como una farola. Se echó un poco de Jean-Natté en los brazos y lo mezcló con algo de colonia Menem y Factory para su cuello. Pero aun así faltaba algo, Yolanda se levantó el corto vestido y tomó de la peinadora un pequeño zarcillo cuadrado y brillante que metió en su ombligo. Todo esto lo hacía, mientras su mamá yacía en la cama leyendo Últimas Noticias, en el momento en que Yolanda dice: “Ya estoy lista”, su mamá comenta:

     ‒¡Tanta emperifolladera, para restregarle las nalgas a un hombre!

    ‒¡Ay mamá! ‒responde Yolanda.

    ‒¿Te pusiste pantaletas o le vas a dejar la cocoya libre?

    ‒¡Sí! ‒responde hastiada la hija‒. Ya me voy.

    ‒Me haces el favor y llegas temprano, y sin barriga.

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