Por allá por dónde las bestias cabestrean hacia el corral, y los terneros pacen y corren por el campo con el sol blandiendo sus rayos a través de la llanura extensa... Por allá por donde las hamacas cuelgan y la vida es una becerra de paso lento que mira siempre hacia el horizonte... Nació Juan Calcito. Hijo de lavandera y de un peón de hacienda, Juanito (como le decían todos en el hato), pronto aprendió los oficios de su padre. Era un muchacho inquieto, trepaba cualquier árbol que se le atravesara y jugaba con los becerros y los potricos que estuvieran a su alcance. Poco a poco se ganó el afecto de los demás con su picardía e intrepidez, y aprendía a cabestrear ganado como sólo su padre, Eusebio, sabía hacerlo.
Pronto llegó la etapa de tumbar mangos y de hacer excursiones hacia dónde el sol permitiera. Juanito ya sabía domar bestias y las amarraba como un profesional. Un día, en una de sus acostumbradas visitas al río, vio a una esbelta y exorbitante mulata salir del agua y asir su oscuro cabello. Se llamaba Xiomara, y poco tardó Juan Calcito en experimentar las dulces jaleas del amor junto a ella. Fue en el río, luego de un baño en las aguas diáfanas y heladas, y luego de haber hartado las mieles de los mangos, que ocurrió el primer beso.
Y entonces, algo increíble sucedió; el cielo parpadeó como si una cámara gigante hubiera tomado una fotografía con flash y Juanito desapareció. Los abultados y sensuales senos de Xiomara estallaron, las copas de los árboles cayeron sobre su base y la tierra se sacudió mientras que los parpadeos se hicieron más frecuentes y enfermizos... La historia colapsó sobre sí misma por la alineación de tantos lugares comunes. E incapaz de seguir siendo desarrollada y contada, por no encontrar su lugar en la abarrotada y pintoresca narrativa venezolana, desapareció.
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