No recuerdo cómo llegué a mi antiguo pueblo. Ni cuánto tiempo llevaba caminando. Sólo recuerdo que todo el cuerpo me dolía, que tenía unas cuantas hojas secas en mi pelo, y que lo primero que vi fue a un par de hombres sobre un andamio retirar los cristales de las ventanas del museo. Cuando llegué a casa, mi madre me saludó con un beso y un abrazo y me señaló el cuarto que había preparado para mí por si quería descansar.
Al día siguiente, me enteré de que el museo de la ciudad estaba siendo deconstruido. Sentí mucha frustración y quise hacer algo al respecto, pero mientras los días avanzaban, me era más indiferente la situación y pronto el edificio se desvaneció por completo. Las joyerías y cines también desaparecían, y yo sentía unas ganas tremendas de retomar el fútbol y jugar en las nuevas carreteras de tierra.
Con el tiempo perdí la barba y unos cuantos centímetros de estatura. Viejos amigos regresaron a la ciudad y mis días se balanceaban entre la escuela y el fútbol. Aunque cada vez me importaba menos la escuela y me volvía más torpe para el deporte.
Finalmente llegó el día del bautizo… y yo perdí mi nombre.
Ahora paso mis días en una cama acolchada, con unos deseos inmensos de dormir que incrementan cada vez más.
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