Clodosbaldo no podía entender por qué cada vez que se
acercaba a Pulalia las piernas le temblaban y el estómago se le revolvía. En un
principio pensó que era amor, pero luego se dio cuenta de que en realidad
odiaba a aquella muchacha. Algo debía tener que le hacía perder el apetito y
sentirse algo mareado. Allá, más adentro de Clodosbaldo, el estómago y los
intestinos grueso y delgado se retorcían de la risa cada vez que veían la cara
redonda, la nariz chata y las rodillas deformes de Pulalia. Todo se trataba de
un chiste interno.
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